La naturaleza: Cómo la magia de lo natural salvó a mi hijo
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La vida está llena de altos y bajos. Es parte de la naturaleza misma de estar vivos. Pero la realidad nos presenta momentos, retos y golpes para los que podemos no estar preparados, y que representan un verdadero desafío a nuestra fortaleza personal. Lo que para mi comenzó como una tragedia, se convirtió en una de las experiencias más aleccionadoras por las que he atravesado.

Y no se trata de que todos mis días sean felices, sino de que he aprendido a disfrutar de cada minuto, de valorar mis propios procesos y de darme el permiso de experimentar mis emociones en plenitud. Es maravilloso sentirse feliz, pero la tristeza, la ira o la rabia también son grandes maestras de vida.

Esta es nuestra historia, la mía y la de mi pequeño hijo Thomas.

Un cambio de vida…

Thomas, mi esposo y yo habíamos construido una familia. Una que con esfuerzo y entrega empezaba a florecer. Pero de un momento a otro la suerte de todos cambió. A través de un duro suceso que nos llenó de traumas a mi hijo y a mí, perdimos a mi esposo. Él murió, llevándose consigo parte de nuestra alegría y dejándonos en un estado de estrés y de traumas muy difícil de afrontar.

Durante muchos momentos me sumí en la desesperanza. Vi nuestra vida como una lucha constante, desesperada y agotadora. Hasta que un día asumí que debía tomar de nuevo las riendas de mi destino y ayudar a mi hijo a que superáramos la terrible pérdida de su padre. Dejé a un lado la cobardía y comprendí que juntos, Thomas y yo, teníamos un tesoro por explotar: nuestra propia vida.

Empecé por mí misma. Era mi principal reto el de empezar a hacer un trabajo como mujer y como madre. No podía sola. El dolor y la tristeza muchas veces me superaban. Entendí entonces la necesidad de buscar ayuda, de recibir orientación. Al fin lo hice. Viví procesos cargados de experiencias hermosas y duras, en los que siempre llegaba a una conclusión: debía disfrutar de cada segundo de mi vida.

Y una vez que logré comprenderlo, empecé a transmitirlo a mi hijo Thomas. Gracias a él me esfuerzo cada día en ser una mejor persona, y es mi deber como madre darle las herramientas para que pueda ser feliz. Juntos hemos aprendido a rediseñar nuestras vidas. A convivir con el recuerdo de su padre, pero no desde la desolación, sino desde el agradecimiento por todo lo compartido. Y también el agradecimiento por seguir en este plano, por apreciar el aroma de oportunidad que trae consigo cada mañana, por poder vernos a los ojos, entrelazar nuestros dedos y caminar de la mano.

Hoy siento que puedo avanzar, libre, sin condicionamientos y ataduras. Tal como nos comparte en una frase el escritor Kamal Ravikant,

Las cosas que cargo son mis pensamientos. Son mi único peso. Mis pensamientos determinan si soy libre y ligero o pesado y agobiado.

Entonces Thomas y yo decidimos vivir de nuevo los días azules, apreciar el olor del pasto y el verde de los paisajes.

La Naturaleza: madre y maestra

Nunca pensé en cuán sanador podría llegar a ser el contacto con la naturaleza, hasta que me dispuse junto a mi hijo a conectarme con ella. Mi pequeño en sus juegos manifestaba muy a menudo cómo fue que vio morir a su padre. Colocaba su cuerpo acostado boca abajo, y reproducía los últimos sonidos que escuchó de él.

Entonces me di a la tarea de cambiar el panorama de su vida, y reconectarlo con la naturaleza desde otra perspectiva: la del disfrute y el agradecimiento. Lo expuse a los más diversos entornos naturales y así como como Thomas se convirtió en un niño enamorado de la naturaleza.

Dejó atrás los miedos, y así pasaron también las alergias y los resfriados. Ahora mi niño es un apasionado amante y protector de los animales, de las plantas, de los paisajes. Me siento feliz al verlo tan compenetrado con la madre naturaleza. Me conmuevo viendo el contacto que tiene con ella, cómo le da su amor y su energía a ese arbolito que planta en el jardín, como se carga de energías y vitalidad.

Ese fue mi secreto: crear planes juntos, proyectos, deseos en común, como el simple hecho de sembrar un arbolito. De dar vida a un nuevo ser que necesita de nuestro amor y cuidados para florecer. Fue así como la madre naturaleza nos salvó a los dos. Hoy comparto mi experiencia con todos ustedes, porque no podría quedarme con esta felicidad guardada y si de algo les sirve, recuerden que tenemos mil razones nuevas para vivir.

Luchando con una perdida vital tan grande comprendemos que en la vida lo importante no son las cosas, sino los recuerdos, las vivencias, las lecciones y los momentos compartidos. Que sembrar un árbol y cultivarlo, puede ser el simbolismo perfecto de cuánto necesitamos también cultivar nuestra paz interior, nuestra propia luz. La naturaleza está allí para mostrarnos que, alimentándola y ayudándola a crecer, alimentamos también nuestro corazón.

Y la vida me dio la oportunidad de conectar también con el mundo de lo natural, a mi pequeña sobrina Victoria. Los efectos de la vida al aire libre en su personalidad y en su corazón, son uno de mis grandes tesoros. Te invito a que también conozcas su historia.

Si te ha gustado esta historia, no te pierdas otras experiencias de padres en nuestro Blog. Y si quieres contar la tuya propia e inspirar a los demás, no dudes en ponerte en contacto con nosotros. ¡Hasta una próxima entrega!